CUARESMA Y PASCUA

Todas las traducciones en esta página son © 2003-2006 por Julio Vázquez.
Vea la importante noticia de propiedad intelectual al pie de la página.


Página principal




Una palabra acerca del arrepentimiento
Antes del inicio de la cuaresma
Zaqueo (San Lucas 19:1-10)
Sinaxario del Domingo del Hijo Pródigo
Sinaxario del Domingo del Juicio Final
Sinaxario del Domingo del Perdón
Sinaxario del Primer Domingo de Cuaresma: Domingo de la Ortodoxia
Un sermón en el Domingo de la Ortodoxia
Sinaxario del Segundo Domingo de Cuaresma: San Gregorio Palamás
Sinaxario del Tercer Domingo de Cuaresma: Veneración de la Cruz
Sinaxario del Cuarto Domingo de Cuaresma: San Juan Clímaco
Sinaxario del Quinto Domingo de Cuaresma: Santa María de Egipto
Sinaxario del Domingo de Ramos
Sinaxario del Domingo de Pascua
Sinaxario de la Ascensión del Señor
Sinaxario del Domingo de los Santos Padres
Sinaxario del Domingo de Pentecostés
Sinaxario del Domingo de todos los Santos
Segundo Domingo después de Pentecostés: Todos los santos del Monte Atos




Una palabra acerca del arrepentimiento

Un sermón de san Juan de Shangai y San Francisco

«¡Ábreme las puertas del arrepentimiento, oh Dador de Vida!»

La noción de arrepentimiento es expresada por la palabra griega metanoia. Esta significa literalmente cambio de mente. En otras palabras, el arrepentimiento es un cambio de la disposición de uno mismo, de su manera de pensar; un cambio del ser interior de uno. El arrepentimiento es la reconsideración de las posiciones que uno tiene, una alteración de la propia vida. ¿Cómo puede ocurrir esto? Del mismo modo en que un cuarto oscuro al que alguien entra es iluminado por los rayos del sol. Mirando alrededor en la oscuridad, esta persona puede distinguir ciertas cosas, pero hay mucho que no puede ver ni sospecha que esté allí. Muchas cosas son percibidas muy diferentemente de como son en realidad. Debe moverse con mucha cautela, no sabiendo qué obstáculos pueda encontrar. Sin embrago, cuando el cuarto es iluminado, puede ver las cosas claramente y moverse con libertad. Lo mismo ocurre en la vida espiritual. Cuando estamos hundidos en nuestros pecados, y nuestra mente está ocupada sólo en afanes temporales, no nos percatamos del estado de nuestra alma. Somos indiferentes a quienes somos interiormente, y nos empeñamos en continuar por un camino falso sin que nos demos cuenta. Pero entonces un rayo de la luz de Dios penetra en nuestra alma. ¡Cuánta suciedad vemos en nosotros mismos! ¡Cuánta mentira, cuánta falsedad! Cuán horribles resultan ser muchas de nuestras acciones, las que creíamos ser tan maravillosas. Entonces se nos hace claro cuál es el verdadero camino. Si reconocemos nuestra insignificancia espiritual, nuestra pecaminosidad, y deseamos fervientemente enmendarnos, estamos cerca de nuestra salvación. Desde lo profundo de nuestra alma clamaremos a Dios: «¡Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia!» «¡Perdóname y sálvame!» «¡Concédeme ver mis propias faltas, y no condenar a mi hermano!» Al comenzar la Gran Cuaresma, apresurémonos a perdonarnos mutuamente toda herida y ofensa. Que siempre oigamos las palabras del Evangelio para el Domingo del Perdón: «Porque si perdonáis os perdonará también a vosotros su Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (San Mateo 6:14-15).


Antes del inicio de la cuaresma

Un sermón de san Juan de Shanghai y San Francisco

Las puertas del arrepentimiento se están abriendo; la Gran Cuaresma está empezando. Cada año se repite, y cada año nos trae un gran beneficio - si la pasamos como es debido. La Gran Cuaresma es una preparación para la vida futura y, más inmediatamente, una preparación para la Brillante Resurrección de Cristo. Tal como se construye una escalera en un edificio alto para hacer posible que uno, subiendo los escalones, llegue más fácilmente a la parte más alta del mismo, así también los distintos días del año nos sirven como escalones en nuestro ascenso espiritual. Esto es especialmente cierto de los días de la Gran Cuaresma y la Santa Pascua. Mediante la Gran Cuaresma nos limpiamos de la suciedad del pecado, y en la Santa Pascua experimentamos la bienaventuranza del Reino de Cristo que ha de venir. Al escalar una montaña alta, uno intenta eliminar todo peso innecesario. Mientras menos cargue la persona, mas fácil se le hace escalar y mas alto puede subir. Del mismo modo, para ascender espiritualmente, es necesario primeramente el librarse del peso del pecado. Éste nos es quitado mediante el arrepentimiento, con tal que expulsemos de nosotros toda enemistad y que perdonemos a cada persona que consideramos nos ha faltado. Y habiendo sido limpiados y perdonados por Dios, recibimos la Brillante Resurrección de Cristo. ¡Y que regalo invaluable recibimos de Dios entonces, al final de nuestra lucha cuaresmal! Ya oímos de esto en los primeros himnos de las estiqueras cuaresmales diarias: «Nuestra comida será el Cordero de Dios, en la santa y radiante noche de su despertar: la Víctima ofrecida por nosotros, dada en comunión a los discípulos en la noche del Misterio...» (Apostiquio, Domingo del Juicio Final). La Comunión del Cuerpo y la Sangre del Cristo Resucitado para vida eterna - esta es la meta de la Santa Cuaresma. Uno no comulga sólo en Pascua. Al contrario, sólo deben comulgar en Pascua aquellos que han ayunado, se han confesado, y que han recibido los Santos Misterios durante la Gran Cuaresma. Inmediatamente antes de la Pascua misma hay poca oportunidad para una confesión adecuada y minuciosa; tanto el tiempo como los sacerdotes están ocupados con los Servicios de la Pasión. Uno debe prepararse de antemano. Cada vez que uno recibe los Misterios de Cristo, uno es unido a Cristo mismo; cada Comunión es un acto salvador.¿Por qué, entonces, hay tal énfasis en recibir la Comunión en la noche de la Santa Pascua, y por qué se nos llama a todos a hacerlo? Porque especialmente entonces nos es dado el Reino de Cristo. Especialmente entonces somos iluminados con la Luz Eterna y fortalecidos para el ascenso espiritual. Éste es un don irremplazable de Cristo, un incomparable bien espiritual. Que nadie se prive de éste gozo y, en vez de recibir la Santa Comunión en la noche de Pascua, se apresure a comer carne y otras comidas. La Comunión de los Santos misterios en esa noche nos prepara para el banquete en el Reino eterno de Cristo.


Zaqueo (San Lucas 19:1-10)

Un sermón de san Juan de Shangai y San Francisco

¿Quién era Zaqueo? Él era un líder de los publicanos, el «jefe de los publicanos» (en griego, architelonis). La usual comparación entre el humilde publicano y el orgulloso frecuentemente oscurece la correcta caracterización de estos dos personajes en nuestras mentes. Para entender el Evangelio correctamente, uno debe tener una imagen clara de quiénes eran estos exactamente.

De hecho, los fariseos eran hombres justos. Si llamar a alguien «fariseo» hoy suena como una condenación, esto no era así en los días de Cristo y durante las primeras décadas del cristianismo. Al contrario, el apóstol Pablo confiesa enfáticamente ante los judíos: «Yo soy fariseo, hijo de fariseo» (cfr. Hechos 23:6). Y más tarde escribe a los cristianos, sus hijos espirituales: «[Soy] del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo» (cfr. Filipenses 3:5). Además del santo Apóstol Pablo, muchos otros fariseos se convirtieron en cristianos: José, Nicodemo, Gamaliel. Los fariseos (en antiguo hebreo perusim, y en arameo, ferisim, que quieren decir «otro»—los separados, diferentes) eran celosos de la ley de Dios. Ellos «descansaban en la ley»; en otras palabras, meditaban sobre ella continuamente, la amaban, y se esforzaban por cumplirla fielmente. La razón de las denuncias del Señor contra los fariseos es para advertirles que anulan todos sus buenos esfuerzos, y reciben del Señor no bendición sino condenación, al exaltarse con orgullo a causa de sus buenas obras, y, principalmente, al juzgar a su prójimo. Un impactante ejemplo de esto es el del fariseo de la parábola, que dice: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres» (cfr. San Lucas 18:11).

Por otro lado, los publicanos eran pecadores inconfundibles que violaban las más fundamentales leyes del Señor. Los publicanos eran cobradores de impuestos para los romanos entre los judíos. Debe recordarse que los judíos, conscientes de su posición exclusiva como pueblo escogido de Dios, se gloriaban de que «linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie» (cfr. San Juan 8:33). Pero ahora, como resultado de circunstancias históricas bien conocidas, se encontraban sometidos, esclavizados por un pueblo orgullo, tosco, «de hierro»: los paganos romanos. Y el yugo de esta esclavitud era estrechado cada vez más, y se hacía cada vez más doloroso.

El signo más tangible y obvio de esta esclavitud y sometimiento de los judíos a los romanos era el pago de toda clase de impuestos—tributos—por los judíos a sus esclavizadores. Para los judíos, como para todos los pueblos antiguos, traer el tributo era por la mayor parte un símbolo de sometimiento. Y los romanos, nunca atemorizados en lo mas mínimo ante un pueblo subyugado, tosca y autoritariamente exigían de ellos impuestos ordinarios y suplementarios. Naturalmente, los judíos los pagaban con odio y asco. No fue sin razón que los escribas, deseando comprometer al Señor en los ojos del pueblo, le preguntaron: «¿Es lícito dar tributo a César, o no?» (cfr. San Mateo 22:17). Ellos sabían que si Cristo decía que no debía pagarse tributo a César, sería fácil acusarlo ante los romanos, mientras que si Cristo decía que debía pagarse tributo, estaría irremediablemente comprometido en los ojos del pueblo.

Mientras los romanos gobernaron Judea mediante reyes locales, tales como Herodes, Arquelao, Agripa, y otros, esta esclavitud a Roma—y especialmente la necesidad de pagar impuestos—estaba algo mitigada para los judíos, pues solo estaban subyugados indirectamente y pagaban el tributo a sus reyes, que a su vez estaban sujetos y pagaban a Roma. Pero justo antes de que Cristo comenzara su ministerio de predicación hubo un cambio en el sistema de gobierno de Judea. El censo universal conectado con la Natividad de Cristo fue el primer paso para el establecimiento de un impuesto per cápita sobre todos los súbditos romanos en aquel lugar.

En el año 6 ó 7 d. C., tras el derrocamiento de la Arquelao, este impuesto fue introducido sobre todos los habitantes de Palestina, y los judíos se desquitaron con revueltas encabezadas por el fariseo Zadok y por Judas el Galileo (cfr. Hechos 5:37). Fue sólo con gran dificultad que el Sumo Sacerdote Joazar pudo calmar al pueblo. En vez de reyes locales, procuradores romanos fueron designados como gobernantes de Judea y provincias vecinas. La institución de los publicanos fue introducida entonces para la más efectiva recaudación de los impuestos. Estos habían existo en Roma desde tiempo antiguos, pero mientras que en Roma y a través de Italia los publicanos eran reclutados de una respetable clase de caballeros (en latín, equites), en Judea los romanos tuvieron que reclutar publicanos de entre los parias morales, de entre los judíos que aceptaban trabajar para ellos y forzar a sus hermanos a pagar tributo.

El aceptar tal posición estaba conectado con una profunda caída moral. Estaba conectado con una traición no sólo nacional, sino sobretodo religiosa; para convertirse en una herramienta para la esclavización del pueblo escogido por Dios a manos de toscos paganos, uno tenía que renunciar las esperanzas de Israel, todo lo que le era sagrado, sus expectativas. Aún más, un publicano tenía que hacer un juramento de fidelidad al emperador y ofrecer un sacrificio pagano al espíritu del Genio del Emperador al aceptar su posición. (Los romanos no tomaban en consideración las sensibilidades religiosas de sus agentes.) Los publicanos no sólo servían los intereses de Roma recaudando impuestos sobre sus propios compatriotas, sino que, dedicándose a sus propias metas mercenarias y enriqueciéndose a expensas de sus hermanos esclavizados, hacían el yugo de la opresión romana aún más oneroso. Esto eran los publicanos. Por esto estaban rodeados por odio e insultos bien merecidos: eran traidores de su pueblo, traicionando no sólo a los suyos, sino también a un pueblo escogido, al instrumento de Dios en el mundo, el único pueblo mediante el cual la regeneración y la salvación podían venir a la humanidad.

Todo lo hasta aquí dicho aplica a Zaqueo en el más alto grado, pues no sólo era un publicano ordinario, sino un líder de los publicanos, un architelonis. Sin duda lo había hecho todo: ofrecer sacrificios paganos y jurar un juramento pagano, cobrar impuestos inexorablemente de sus hermanos, inflándolos para su propio beneficio. Y se hizo un hombre rico, como testifica el Evangelio. Por supuesto, Zaqueo comprendía claramente que las esperanzas de Israel estaban perdidas para él. Todo lo proclamado por los profetas y amado por él desde su niñez, aquello que hacía temblar de gozo a toda alma del Antiguo Testamento «que conoce el júbilo», no era para él. Era un traidor, un engañador y un rechazado. No tenía lugar en Israel. Y ahora llegaban a él rumores de que el Santo de Israel, el Mesías anunciado por los profetas, había aparecido en el mundo, y que, junto a un pequeño grupo de discípulos, caminaba por los campos de Judea y Galilea predicando el Evangelio del Reino y obrando grandes milagros. Esperanzas gozosas se encendían en los corazones que creían. ¿Cómo reaccionará Zaqueo a esto? Para él personalmente, la venida del Mesías es una catástrofe. El dominio de los romanos debe terminar, y un Israel triunfante sin duda se vengará del daño sufrido por su causa, por las ofensas y la opresión causadas por él. Pero aún si esto no es así—pues el Mesías, como testifica el profeta, viene como uno justo y salvador, humilde (cfr. Zacarías 9:9)—el triunfo del Mesías debe traer a Zaqueo la más grande desgracia y la pérdida de toda las riquezas y la posición que adquirió al precio de su traición ante Dios, su pueblo, y todas las esperanzas de Israel.

Pero quizás esto no es así, no aún. Quizás el nuevo predicador no es el Mesías. No todos creen en él. Los fariseos y los saduceos—los mas grandes enemigos de los publicanos, y de él, Zaqueo, en particular—no creen en él. Quizás todo esto es sólo la vana palabrería del populacho. En ese caso, uno puede continuar viviendo tranquilamente como hasta ahora. Pero Zaqueo no quiere confirmarse en tales pensamientos. Quiere ver a Jesús para saber, para realmente saber: ¿Quién es él? Zaqueo quiere el predicador que pasa sea en verdad Cristo el Mesías. Quiere decir con los profetas: «¡Oh, si rasgases el cielo y bajases!» (cfr. Isaías 64:1). Que así sea, aún si implica la catástrofe de la ruina para él. Tal parece que en su alma hay tales profundidades cuales el mismo no había sentido hasta ahora; hay en él un amor por el Mesías que es ardiente, fogoso, consumidor, y enteramente falto de egoísmo por el «Deseado de todas las naciones» (cfr. Hageo 2:7), por la imagen del manso Mesías descrito por los profetas, que «llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores» (cfr. Isaías 53:4). Y cuando hay una oportunidad de verle, Zaqueo no piensa en sí mismo. Para él personalmente, el triunfo del Mesías conlleva catástrofe y ruina. Pero él no piensa en esto. Quiere al menos vislumbrar a Aquel que Moisés y los profetas habían profetizado.

Y ahora Cristo está pasando. Está rodeado por una multitud. Zaqueo, siendo corto de estatura, no puede verle. Pero la sed completamente falta de egoísmo por ver a Cristo Jesús al menos de lejos es tan infinita, tan abrumadora, que él—un hombre rico, investido con una posición, un oficial del Imperio romano, en medio de una multitud hostil que lo odia y se burla de él—no prestó atención a nada de esto, y consumido por el deseo ardiente de ver a Cristo, ignora toda convención y decoro externo, y se sube a un árbol sicómoro que estaba junto al camino. Y los ojos de este gran pecador—líder de traidores y engañadores—se encuentran con los ojos del Santo de Israel, Cristo el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús ve aquello que es inaccesible a una mirada hostil o indiferente. Amando desinteresadamente la imagen del Mesías, Zaqueo puede reconocer inmediatamente al Señor en el rabí galileo que pasa; y el Señor, lleno de amor divino y humano, ve esto en Zaqueo, que lo observa desde las ramas del sicómoro: las profundidades espirituales del alma hasta entonces desconocidas aún por el mismo Zaqueo. El Señor ve que el amor ardiente por el Santo de Israel en este corazón de traidor, un amor no mancillado en lo más mínimo por ningún interés propio, podía regenerarle y renovarle. Se escucha la divina voz: «Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa» (cfr. San Lucas 19:8). Y la regeneración moral, la salvación y la renovación vinieron a Zaqueo y a toda su casa. El Hijo del Hombre verdaderamente vino a buscar y a salvar lo que se había perdido (cfr. San Lucas 19:10).

¡Señor, oh Señor, nosotros también te hemos traicionado, a ti y a tu obra, como una vez lo hizo Zaqueo; nos hemos privado de una porción en Israel; hemos traicionado nuestra esperanza! Pero aún si es para nuestra vergüenza y para la de aquellos como nosotros, ¡que venga tu Reino, tu victoria, y tu triunfo! Aún si, merecidamente a causa de nuestros pecados, tu venida nos trae ruina y condenación, ¡ven, oh Señor, ven pronto! Mas concédenos ver el triunfo de tu justicia al menos de lejos, aún si no podemos ser partícipes de él. ¡Y ten piedad de nosotros contra esperanza, como una vez tuviste misericordia de Zaqueo!

(San Clemente de Roma testifica que Zaqueo se convirtió luego en compañero del santo apóstol Pedro, y que predicó junto al preeminente apóstol en Roma, donde aceptó una muerte de mártir por Cristo durante el reinado de Nerón. De una manera cristiana, devolvía a los romanos el más grande bien por el más grande mal que estos perpetraban sobre él. Vino a la orgullosa capital de los romanos, que una vez le había tentado y esclavizado, liberado y regenerado por la gracia de Nuestro Señor, el Amante de la humanidad, y trajo a Roma no maldiciones, sino el Evangelio, por el cual dio su propia vida).


Sinaxario del Domingo del Hijo Pródigo

(Traducido del Triodio griego)

Si alguno es pródigo como yo, que tenga ánimo y vuelva;
pues las puertas de la misericordia de Dios están abiertas.

Celebramos en este día el Domingo del Hijo Pródigo, designado como segundo servicio del Triodio por los divinos padres por la siguiente razón. Hay personas que reconocen en sí mismos muchas cosas indecorosas; que viven desenfrenadamente desde su juventud; cuyas vidas están llenas de embriaguez e inmoralidad; que, habiendo caído así en las profundidades del mal, se han hecho indolentes, lo cual es producto del orgullo, por causa del cual no tienen deseos de progresar en la virtud, prefiriendo su esclavitud al mal y cayendo cada vez más profundamente en los mismos y aún peores males. En su cuidado paternal y amoroso por estas personas, y deseando sacarles de la desesperación, los santos padres prescribieron esta parábola para este día, con el fin de arrancar de raíz las pasiones pródigas del corazón de los pecadores y de llevarles a la práctica de las virtudes demostrándoles la paciencia y gran bondad de Dios: pues esta parábola de Cristo muestra que no hay pecado alguno que pueda prevalecer sobre su amor a la humanidad.

El Padre en esta parábola representa a Dios, el Amante de la humanidad. Los dos hijos son las dos clases de seres humanos: justos y pecadores. El mayor es el que siempre ha pemanecido en los mandamientos de Dios y en lo que es bueno, y nunca se ha separado de él. Pero el menor es el que anhelaba el pecado y rechazó la vida con Dios mediante sus acciones vergonzosas, derrochando el amor de Dios por él y viviendo como un pródigo. Pues no preservó intacto lo que había sido creado en él según la imagen de Dios, y habiendo seguido a un demonio maligno, esclavizándose mediante placeres pecaminosos a los caprichos de este demonio, era incapaz de satisfacer sus [propios] deseos. Pues el pecado es insaciable, y se convierte en una fuente habitual de placer temporal. Por esto Cristo compara el pecado con las algarrobas que comen los puercos: la algarroba al principio sabe dulce, pero luego deja una tosca pulpa en la boca, en lo cual se asemeja a las propiedades del pecado.

Apenas había vuelto en sí el hijo pródigo cuando, padeciendo hambre de virtud, vino a su Padre diciendo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo». Pero el Padre recibe al arrepentido sin reprocharle, sino abrazándolo y besándolo en una muestra de su amor divino y paternal. Le da un «vestido», el santo Bautismo, como sello y arras de la gracia del Santísimo Espíritu. Además le da «sandalias» para que sus pasos en Dios ya no sean heridos por serpientes o escorpiones, para que pise las cabezas de estas criaturas. Entonces, en la cumbre del gozo, el Padre mata al becerro grueso por él, su Hijo unigénito, y le permite participar de su cuerpo y sangre, la santa Comunión del Salvador.

Entonces el hijo mayor expresa su sorpresa ante la infinita misericordia del Padre, y no entra al gozo común, pues no puede comprender la amorosa generosidad del Padre. Pero el Amante de la humanidad lo acalla con suaves y dulces palabras, diciendo: «Tú estás siempre conmigo, mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, pues mi hijo estaba muerto en su pecado y ha revivido, habiéndose arrepentido de las cosas insensatas que ha hecho. Estaba perdido, ya que estaba lejos de mí en sus hábitos libertinos, y fue hallado por mí, pues yo sufría con él en mi compasión, y le llamaba en mi misericordia». Esta parábola también puede aplicarse al pueblo judío, y a nosotros.

Por esta razón, los santos padres prescribieron esta parábola para hoy. Los que hemos pecado como el pródigo somos exhortados a arrancar de raíz la desesperación y el temor mediante el arrepentimiento y las buenas obras, lo cual es una gran ayuda y una poderoso escudo contra los embates del enemigo.

La parábola también nos enseña que no debemos atribularnos cuando los pecadores se arrepienten y son recibidos por Dios mientras nosotros luchamos, con la ayuda de Dios, por vivir una vida justa. No debemos juzgar la vida de nuestro prójimo—esto corresponde sólo a Dios—ni la infinita misericordia de Dios, sino que debemos regocijarnos con los cielos cuando un pecador regresa al Padre.

Así mientras continuamos en este periodo preparatorio, las enseñanzas acerca de la humildad y el arrepentimiento nos preparan adecuadamente a adentrarnos con espíritu contrito en el gran tiempo de compunción.

En tu inefable amor por la humanidad, oh Cristo nuestro Dios,
ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.


Sinaxario del Domingo del Juicio Final

(Traducido del Triodio eslavo)

Cuando te sientes a juzgar el mundo, oh Juez de todos,
hazme digno de ser llamado a tu derecha por ti

En este día conmemoramos la inescapable Segunda Venida de Cristo, cuya celebración fue instituida por los muy divinos padres para el domingo después de la parábola del Pródigo, a fin de que nadie que ha aprendido de esta última acerca del amor de Dios por la humanidad viva en pereza, diciendo: «Dios ama a la humanidad, y cuando me separe de él por el pecado, todo esta preparado para mi restauración». La conmemoración de este terrible día de juicio ha sido ordenada para este momento a fin de que, mediante el temor a la muerte y la expectación del tormento futuro, aquellos que viven en pereza sean exhortados a las virtudes, no sólo confiando en el amor de Dios, sino también dándose cuenta de que él es el justo Juez que juzgará a cada uno según sus obras. En otras palabras, toda alma que deja esta vida necesariamente será juzgada. La presente fiesta es un tipo de símbolo de esto pues se nos presenta ahora como una celebración final, del mismo modo que será el último evento después de nuestra muerte. Pues conviene que contemplemos que así como el principio del mundo y la caída de Adán en el Paraíso son conmemoradas el próximo domingo, en este día conmemoramos el fin de los días y del mundo mismo.

La conmemoración está mandada para este día en que nos despedimos de la carne para que, maravillados por este evento, limitemos nuestro consumo de comida terrenal, no entregándonos a la gula, y seamos exhortados a amar a nuestro prójimo. En otras palabras, ya que hemos sido expulsados del Edén, malditos y condenados por haber comido del fruto, el presente evento ha sido ordenado para este momento porque el próximo domingo seremos expulsados a través de Adán, hasta que Cristo venga de nuevo para levantarnos al Paraíso. Se llama la Segunda Venida porque Cristo se nos ha manifestado en la carne en su primera venida y ha liberado a la raza humana, y vendrá de nuevo para juzgar si observamos aquello que nos ha mandado. ¿Cuando ocurrirá esta Segunda Venida? Nadie lo sabe; pues aunque el Señor mencionó muchas señales que la precederían, ocultó esto de sus Apóstoles. Pero antes de su Venida aparecerá el Anticristo. Este vivirá su vida a la manera de Cristo, haciendo milagros como los que Cristo hizo, y resucitando a los muertos. Sin embargo, todas sus obras serán una ilusión. Después de esto el Señor vendrá repentinamente, como un relámpago en el cielo, yendo ante su santa Cruz, y un río de fuego ardiente fluirá ante él limpiando la tierra de su impureza. El Anticristo será capturado de inmediato junto a sus siervos y todos serán condenados al fuego eterno. Y cuando los ángeles suenen las trompetas, todas las naciones de la humanidad se reunirán en Jerusalén desde todo lugar y desde todos los confines de la tierra, pues esa ciudad es el centro de la tierra. Y se establecerán allí los tronos para el juicio. Entonces todas las almas serán reunidas con sus cuerpos y revestidas de belleza incorruptible, transformadas en una sola imagen. Y con una palabra separará el Señor a los justos de los pecadores.

Aquellos que han hecho el bien recibirán la vida eterna, y los pecadores serán enviados de nuevo al tormento eterno. Nótese que Cristo no preguntará quién ayunó, quién estaba desnudo, o quién obró milagros; porque aunque estas cosas son buenas, la misericordia y la compasión son mucho mejores. Él interrogará tanto a los justos como a los pecadores acerca de seis virtudes que son como mandamientos, de las cuales todos son capaces: «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. [....] En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis» (cfr. San Mateo 25:35-36, 40). Entonces todos confesarán que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre (cfr Filipenses 2:11).

Ahora bien, según el Santo Evangelio, los tormentos son el llanto y crujir de dientes, «donde el gusano de ellos no muere y el fuego nunca se apaga», siendo «echados a las tinieblas de afuera» (cfr. San Marcos 9:44; San Mateo 8:12). Y toda la Iglesia de Dios se deleitará gozosamente al alcanzar el Reino de los cielos, estando cerca de Dios en su lugar santo, y recibiendo gloria eterna y exaltación. Pero aquellos que están separados de Dios por haber desperdiciado la vida de sus almas (cfr. Salmo 23[24]:4, LXX) en pereza y alimentos temporales recibirán tormento y oscuridad, estando privados eternamente de la Luz divina.

En tu inefable amor por la humanidad, oh Cristo nuestro Dios,
haznos dignos de tu voz, que anhelamos oír,
cuéntanos entre aquellos a tu mano derecha,
y ten piedad de nosotros. Amén.


Sinaxario del Domingo del Perdón

(Traducido del Triodio eslavo)

Que toda la tierra llore amargamente
juntamente con los padres de nuestra raza humana,
pues esta ha caído con aquellos que probaron
el dulce fruto del árbol.

En este día conmemoramos la caída de Adán, el primer creado, tras haber comido del fruto del Paraíso, que nuestros santos y divinos padres han ordenado para el domingo antes de la Gran Cuaresma, a fin de demostrar el gran efecto sanador del ayuno sobre la naturaleza humana y el gran daño del desenfreno y la desobediencia. Poniendo a un lado los incontables casos de estos vicios en el mundo, los padres han expuesto el vivo ejemplo de Adán, el primer creado, que sufrió gran daño por su fallo total en el ayuno y trajo este daño sobre nuestra naturaleza. Al no guardar el primer mandamiento de un ayuno beneficioso que Dios había requerido de la humanidad, rindiéndose a los deseos de su vientre y de la serpiente a través de Eva, no sólo no se hizo divino, sino que él dio lugar a la muerte, trayendo perdición sobre toda nuestra raza humana. A causa del desenfreno de Adán, el Señor ayunó por cuarenta días y fue obediente. Fue por esta razón que los santos Apóstoles instituyeron el presente ayuno de cuarenta días, para que así como Adán perdió la incorrupción mediante su desenfreno, nosotros podamos recuperarla mediante la abstinencia. Además, como se ha dicho anteriormente, la intención de los santos padres era relatar de una forma condensada en el Triodio todas las obras de Dios desde el principio hasta el fin del mundo. Puesto que la transgresión y la caída de Adán por comer del fruto del árbol es la causa principal del estado de la humanidad, los padres exhortan a los que estamos observando esta conmemoración a evitar el pecado de Adán y a huir del desenfreno en todas las cosas.

Ahora bien, fue en el sexto día que Adán fue creado por la mano Dios según su propia imagen y a través de su aliento vivificante. Recibiendo el mandamiento de Dios, vivió en el Paraíso hasta la hora sexta [las doce del mediodía, N. del T.], cuando desobedeció el mandamiento de Dios y fue expulsado. Y así como Adán extendió su mano en la hora sexta para tomar del fruto, Cristo, el nuevo Adán, extendió sus manos sobre la Cruz en la hora sexta del sexto día, anulando la sentencia de perdición causada por el primer Adán. Pues este fue creado entre la corrupción y la incorrupción por la Providencia, teniendo libre albedrío. Dios pudo haber hecho a Adán sin pecado, pero su providencia fue proveer para la reparación. Por esta causa dio el mandamiento que Adán podía participar de todo árbol en el jardín, excepto de uno sólo. ¿Acaso no significa esto que Adán debía entender la esencia de todas las cosas creadas por el poder divino, pero que no debía intentar entender la esencia de la divinidad? Es decir, que Dios ordenó a Adán que se preocupara de todo otro elemento y cualidad, razonando con su mente para la gloria de Dios, pues esto es el alimento verdadero. Pero no debía buscar la esencia divina: Dios, quién es él, donde está, y cómo creó todas las cosas de la nada. Pero Adán, para su propio daño, intentó examinar a Dios y determinar su esencia sin ocuparse de las otras cosas; y cuando Satanás le indujo mediante Eva el deseo de convertirse en divino falló en su intento, puesto que él era no perfecto sino aún niño.

Algunos dicen que el árbol de la desobediencia era una higuera, y que al percatarse de su desnudez, Adán y Eva utilizaron sus hojas para cubrirse. Por esta razón Cristo maldijo la higuera como causa de esa desobediencia, atribuyéndole una clase de semejanza al pecado. Pues habiendo transgredido, vistiéndose de carne mortal, y recibiendo la maldición, Adán fue expulsado del Paraíso, y por orden de Dios una espada de fuego guardó sus puertas. Adán se sentó ante las puertas del Paraíso y lamentó las muchas bendiciones que había perdido al fallar en su observancia del ayuno en el tiempo oportuno. Y a través de él la raza humana entera compartió esa sentencia, hasta que nuestro Creador, teniendo compasión de nuestra naturaleza que se perdía a causa de Satanás, nació de la Santa Virgen y vivió una vida excepcional, mostrándonos el camino para apartarnos del diablo - es decir, la abstinencia y la humildad - y, ganando valerosamente la victoria sobre el engañador, nos regresó a nuestro anterior estado.

En su deseo de poner todos estos eventos ante nosotros, los santos padres, portadores de Dios, han comenzado con el Antiguo Testamento: la creación del mundo; la caída de Adán por comer del fruto, conmemorada hoy; y más adelante con las palabras de Moisés y de los profetas, y la poesía de David, que imparten gracia. Luego los eventos del Nuevo Testamento en orden, de los cualas el primero es la Anunciación, que ocurre siempre durante la Cuaresma por la providencia inefable de Dios; la resurrección de Lázaro; el Domingo de Ramos; la lectura de los santos Evangelios durante Semana Santa; y de los profundos textos de la santa y salvadora Pasión de Cristo. Después de esto, la Resurrección y el todo lo restante hasta el descenso del Espíritu Santo que se lee en el libro de los Hechos, y cómo este evento se convirtió en una proclamación que juntó a todos los santos, pues en el libro de los Hechos la Resurrección es confirmada a través de señales y prodigios.

Puesto que hemos sufrido tanto a causa del fallo de Adán en guardar el ayuno, este evento se conmemora hoy, al principio de la Gran Cuaresma, de modo que teniendo presente el enorme mal causado por el desenfreno de Adán, nos apresuremos gozosamente a aceptar y guardar el ayuno. Y ya que Adán pecó en su deseo de llegar a ser divino, quizás podamos así recibir la divinización mediante el ayuno, las lágrimas y la humildad hasta que Dios nos visite; pues sin éstos es imposible recuperar lo que hemos perdido. Debe notarse también que el santo Ayuno de cuarenta días es la décima parte del año entero. Ya por nuestra pereza no estamos dispuestos a ayunar constantemente o a librarnos de hábitos malvados, los Apóstoles y los divinos padres nos han transmitido el Ayuno como una clase de primicias de la cosecha de nuestras vidas. Y como hemos actuado inadecuadamente durante el año entero, podemos ahora limpiar nuestras almas con el ayuno, la contrición y la humildad. Debemos guardar el Gran Ayuno con el mayor cuidado. Pues así como hay cuatro estaciones en el año, también hay cuatro ayunos. Aún así, los divinos Apóstoles nos han confiado la Cuaresma como el más grande de los ayunos, ya que honra la santa Pasión de Cristo, su ayuno y su glorificación. Moisés ayunó por cuarenta días antes de recibir la Ley; también Elías, Daniel y todos los que hallaron favor ante Dios. Adán nos ilustra el beneficio del ayuno en comparación con el desenfreno. Por esta razón la conmemoración del destierro de Adán del Paraíso fue designada por los santos padres para ser conmemorada en este día.

En tu inefable compasión, oh Cristo nuestro Dios,
haznos dignos del alimento del Paraíso,
y ten piedad de nosotros, pues sólo tú amas la humanidad. Amén.


Sinaxario del Primer Domingo de Cuaresma: Domingo de la Ortodoxia

(Traducido del Triodio eslavo)

Me regocijo cuando veo
la veneración debida a los íconos,
alguna vez tan ignominiosamente rechazada.

En este Primer Domingo de la Gran Cuaresma, el Domingo de la Ortodoxia, la Iglesia de Cristo celebra la restauración de los santos y venerables íconos por el Emperador Miguel, la santa y bienaventurada Emperatriz Teodora, y el santo Metodio, Patriarca de Constantinopla.

En la complacencia de Dios, León el Isaurio, un porquerizo y borriquero, heredó el cetro del trono. En aquel tiempo san Germán estaba al timón de la Iglesia [de Constantinopla]. León mandó a buscarlo y le dijo: «Ya que me parece que no hay diferencia ente los íconos y los ídolos, ordena que sean removidos inmediatamente de entre nosotros. Aunque si son la verdadera imagen de los santos, que sean colgados más alto en las paredes, para que nosotros que nos revolcamos en pecados no los mancillemos venerándolos». Mas el Patriarca respondió así a la abominación del Emperador: «Oh Rey, hemos oído de alguien que una vez levantó su mano contra los santos íconos. Este se llamaba Conón. ¿Serás tú ese hombre?» El Emperador dijo: «Así me llamaba en mi niñez». Y como el Patriarca se negó a obedecerle, el Emperador lo depuso e instaló a Atanasio, que simpatizaba con él. Y así comenzó la lucha contra los santos íconos en aquel tiempo.

Después de este León, Constantino Coprónimo heredó tanto el reino como los salvajes ataques contra los íconos. ¿Y que puede decirse acerca del número y la clase de obras que hizo ese hombre inicuo, excepto que tuvo un fin vergonzosísimo? Su hijo, cuya madre era kázara, heredó el reino después de él y también tuvo un mal fin. Irene y Constantino ascendieron entonces al trono. Según la instrucción del santo Patriarca Tarasio estos convocaron el Séptimo Concilio [787 d. C.], y los santos íconos fueron aceptados de nuevo en la Iglesia de Cristo. Después de que renunciaron al reino, Nicéforo ascendió al trono. Después de él vinieron Estauracio y Miguel Rhagnabé, que eran ambos iconodulos.

El bestial León el Armenio se apoderó del trono de Miguel, y siendo engañado por un eremita impío, comenzó el segundo iconoclasmo. Entonces la Iglesia fue de nuevo privada de su belleza. Le sucedió Miguel el Armoriano, cuyo hijo Teófilo dirigió entonces esta segunda locura contra los íconos. Pues este fue el Teófilo que entregó a muchos santos padres a tormentos y torturas, no buscando la verdad sobre los santos íconos y creyendo lo que quería. Decía: «Si alguno en la ciudad tiene la intención de rebelarse, será atrapado poco después de que yo me entere». Y después de reinar por doce años, fue afligido con un desorden intestinal que le llevó a desear la muerte. Abría su boca tan ampliamente, que incluso sus órganos internos quedaban visibles.

La Emperatriz estaba tan perturbada por lo que ocurría que apenas podía dormir. Y en un sueño vio a la Santísima Madre de Dios sosteniendo al Niño Pre-eterno, rodeada de luminosísimos ángeles. Estos golpeaban y humillaban a su esposo Teófilo. Cuando hubo acabado el sueño, recobrando su juicio Teófilo, exclamó: «¡Ay de mí en mi miseria! He sido afligido por causa de los santos íconos». E inmediatamente la Emperatriz levantó un ícono de la Madre de Dios sobre él y le suplicó con lágrimas. Teófilo, siendo dirigido a percatarse que uno de los clérigos que le rodeaba tenía puesto un engolpio, lo tomó y lo besó. Tan pronto sus labios tocaron el ícono abrió ampliamente su boca, regresando a la normalidad. Así fue aliviado de su adversidad y aflicción y pudo dormir al fin, tras confesar que es bueno venerar los santos íconos. Entonces la Emperatriz, trayendo los santos y preciosos íconos de su habitación, convenció a Teófilo de que los besara y venerara con todo su corazón. Teófilo murió poco tiempo después. Teodora ordenó entonces que todos los que estaban en la prisión y en el exilio fuesen puestos en libertad. Juan fue depuesto del trono patriarcal, ya que era más un mago y adorador de demonios que Patriarca. Entonces Metodio, un confesor de Cristo, ascendió al trono patriarcal tras haber sufrido mucho, siendo encerrado en una cueva para que muriese.

Mientras esto ocurría, Joanicio el Grande, que practicaba el ascetismo en el Monte Olimpo, recibió una visitación divina. El gran ayunante Arsacio vino a él y dijo: «Dios me ha enviado a ti, para que vayamos al justo Isaías el Recluso en Nicomedia y nos instruyamos acerca de lo que Dios quiere y lo que es justo para su Iglesia». Cuando llegaron donde el venerable Isaías, este les dijo: «Así dice el Señor: He aquí que se acerca el fin de los enemigos de mi imagen. Vayan ante la Emperatriz Teodora y el Patriarca Metodio y díganles: “Dejen de hacer lo que no es santo, y ofrézcanme sacrificio junto a los ángeles venerando la faz de mi imagen y la Cruz”». Oyendo esto, fueron inmediatamente a Constantinopla y dijeron todo esto al Patriarca y a todo el pueblo de Dios congregado. La congregación fue entonces a la Emperatiz, quien estuvo de acuerdo con todo, pues esta es la piadosa tradición de los Padres, llena de amor divino. La Emperatriz trajo inmediatamente la imagen de la Madre de Dios para que todos la vieran, y venerándola dijo: «Sean condenados todos los no veneran las imágenes besándolas con amor, pero no en adoración como a ídolos, sino como imágenes por amor a sus arquetipos». Y se regocijaron con gran gozo. En respuesta, ella les suplicó que rogaran por su esposo Teófilo, y viendo su fe, obedecieron con desgana. El Patriarca Metodio congregó a todo el pueblo entre los santos, y se dirigieron a la Gran Iglesia de Cristo [Hagia Sophia]. Entre los congregados estaban Joanicio el Grande del Olimpo, Arsacio, Pancracio y los discípulos de Teodoro el Estudita, y los confesores Teófanes y Teodoro Grapto, Miguel de la Ciudad Santa, y muchos otros. Y rogaron a Dios con lágrimas por Teófilo durante toda la noche.

Esto ocurrió durante la primera semana del Gran Ayuno, tomando parte la Emperatriz Teodora misma, todas las mujeres y todo el pueblo. Habiendo completado las oraciones, la Emperatriz Teodora se retiró al amanecer del viernes, y soñó que estaba al pie de la Cruz, y que había muchas personas que pasaban ruidosamente llevando instrumentos de tortura. Al reconocer ella al Emperador Teófilo entre los que eran llevados con sus manos atadas a su espalda, siguió al grupo y a sus guardias. Al llegar a las puertas, ella tuvo una visión sobrenatural: un hombre sentando ante la imagen de Cristo y Teófilo siendo traído ante él. Alcanzando sus pies, la Emperatriz rogó por el Emperador. Y el varón abrió su boca, diciendo: «Grande es tu fe, oh mujer. Sabe que por tus lágrimas y tu fe, así como por las oraciones y peticiones de mis siervos y mis sacerdotes, concedo el perdón a tu esposo Teófilo». Entonces dijo a los guardias: «Suéltenlo y entréguenselo a su esposa»; y tomándolo ella, se fue gozosamente. E inmediatamente salió del sueño.

Ahora bien, el Patriarca Metodio escribió en un rollo los nombres de todos los Emperadores herejes, incluyendo a Teófilo, mientras se ofrecían oraciones y peticiones, y la colocó debajo del altar. Pero el viernes vio a un ángel grande y terrible entrar al templo, que viniendo a él le dijo: «Tu petición ha sido oída, oh obispo, y el Emperador Teófilo ha recibido el perdón. No insistas más sobre esto ante la Divinidad». Y queriendo confirmar la verdad de esta visión, el Patriarca descendió de su lugar, y tomando el rollo, descubrió al abrirlo que—¡oh, los juicios de Dios!—toda referencia al nombre de Teófilo había sido borrada por Dios.

Oyendo esto, la Emperatriz se regocijó grandemente y pidió al Patriarca congregar a todo el pueblo con íconos y cruces en la Gran Iglesia, para que fuese adornada con los santos íconos y para que el nuevo milagro de Dios fuese conocido por todos. Y cuando todos se habían congregado en la iglesia sosteniendo velas, la Emperatriz llegó con su hijo. Una procesión fue llevada a cabo con los íconos, el madero de la divina y preciosa Cruz, y los santos y divinos Evangelios. Y dejando la Iglesia clamaron «¡Señor, ten piedad!», yendo en procesión por el camino indicado. Entonces regresaron a la Iglesia, done la Divina Liturgia fue celebrada.

Cuando los santos y preciosos íconos fueron restaurados a su lugar, los santos mencionados antes y los piadosos gobernantes fueron glorificados, y los impíos que no aceptaban la veneración de los santos íconos fueron anatematizados y condenados. Y desde entonces estos santos confesores ordenaron la conmemoración anual de esta solemnidad, para que nunca jamás caigamos en una ignominia similar.

Oh inmutable Imagen del Padre,
por las oraciones de tus santos confesores,
ten piedad de nosotros. Amén.


El Domingo de la Ortodoxia

Tomado de un sermón de san Juan de Shanghai y San Francisco

En el día del Triunfo de la Ortodoxia celebramos la victoria de Cristo sobre el iconoclasmo y sobre todos los demonios. La Cruz del Señor separaba a los creyentes de los incrédulos, a aquellos que seguían el camino de la salvación de aquellos que seguían el camino de la perdición. Los iconoclastas de hoy - los protestantes y otros que niegan los santos íconos - del mismo modo rechazan la Cruz del Señor. Ellos permiten bonitas pinturas de varios eventos bíblicos en las paredes de sus hogares, pero repudian la veneración de íconos, que nos recuerda la salvación se alcanza siguiendo un camino difícil y estrecho como el que siguió el Señor Jesucristo, un camino de lucha con las pecados y los vicios, un camino de ayuno y oración. Aquellos que quieren ver el cristianismo como un atractivo camino de flores, que piensan que es posible entrar en la bienaventuranza de la eternidad sin ningún esfuerzo en particular, sin luchar contra sus pasiones - los tales niegan todo esto. Ellos siguen el camino del ladrón a la derecha [de la Cruz]: rechazan todas las leyes que el Señor mismo ha dado y que ordenó que sus Apóstoles predicaran por todo el mundo; niegan las leyes y escritos sagradamente preservados en la Iglesia Ortodoxa. Así, mediante la Cruz algunos son salvos para el conocimiento de la teología [el verdadero conocimiento de Dios], el conocimiento de la verdad eterna, mientras otros son arrastrados por el peso de la blasfemia al tormento del Hades. Tal amplio camino esta ante nosotros los Ortodoxos [....] si deseamos seguir el camino que Cristo nos ha indicado.


Sinaxario del Segundo Domingo de Cuaresma: San Gregorio Palamás

(Traducido del Triodio eslavo)

El gran predicador de la Luz radiante
es ahora llevado por la Fuente de Luz a la Luz sin ocaso

Este hijo de la divina Luz sin ocaso, que nació en la Ciudad Imperial [de Constantinopla] de radiantísimos y gloriosos padres, era un verdadero hombre de Dios y un maravilloso siervo y ministro de los Divinos Misterios. Mediante su virtud y enseñanza deseaba embellecer no sólo lo que según los sentidos es el exterior de la humanidad, sino también mucho del ser interior que no se ve. Su padre murió siendo Gregorio aún muy joven. Su madre, sus hermanos y sus hermanas lo criaron, instruyéndole en la moral, el catecismo y las Sagradas Escrituras, y lo enviaron a maestros de la sabiduría mundana, de quienes aprendió exitosamente. Combinando brillantemente su educación con su celo natural, pronto se hizo diestro en las artes verbales. A la edad de veinte años, considerando todas las cosas terrenales como sueños inferiores y pasajeros, busco refugio en Dios, el Autor y Dador de toda sabiduría, para consagrar su ser entero a Dios mediante una vida de perfección. Entonces reveló a su madre su gran amor por Dios, sus intenciones piadosas, y su deseo ardiente, y descubrió que por mucho tiempo ella también había deseado esto y que se regocijaba por su decisión. Congregando inmediatamente a sus hijos, su madre dijo con gozo: «¡Heme aquí, con los hijos que Dios me ha dado!» Y les reveló las intenciones de Gregorio, preguntándoles si esto les parecía bien. Este, con palabras de instrucción, los convenció resueltamente a todos de seguirlo en su amor y retiro de la vida [mundana]. Distribuyendo entonces sus posesiones terrenales según la enseñanza del Evangelio, y abandonando gozosamente el amor humano, la honra terrenal, y la aprobación de los hombres, siguió a Cristo.

Instalando a su madre y a sus hermanas en un monasterio, él y sus hermanos se marcharon al sagrado Monte Atos, donde convenció a sus hermanos de permanecer en diferentes monasterios para que no tuviesen tiempo de estar juntos, perfeccionando así su vida en Dios. Él mismo se sometió a la obediencia de un admirable varón llamado Nicodemo, que había consagrado su vida de silencio sólo a Dios. Aprendiendo de él todo precepto y virtud por obra, mediante una revelación mística allí recibió la protección de la Purísima Madre de Dios, una ayuda invencible en todas las cosas. Después de que Nicodemo dejo esta vida para ir a Dios, habiendo vivido celosísimamente en la Gran Lavra por muchos años con perfección de pensamientos y amor por el silencio, Gregorio dejó la Lavra y abrazó [la vida] del desierto.

Creciendo siempre en amor y siempre deseando estar con Dios, se dedicó a una vida de extrema severidad, fortaleciendo su razón con atención resuelta, levantando sus pensamientos a Dios, practicando la oración en todo tiempo, meditando sobre las cosas divinas, y llevando una vida excelente. Con la ayuda de Dios venció ataques de los demonios, y limpiando su alma con torrentes de lágrimas en las vigilias nocturnas, se convirtió en un vaso escogido de los dones del Espíritu de Dios, y frecuentemente tenía visiones de la Divinidad.

Extraordinariamente, a causa del comienzo del ataque de los Ismaelitas contra Tesalónica, se retiró a una ermita en la montaña, donde se vio precisado a hablar con mucha gente. Habiendo vivido una vida diligente - pues ya no era joven - y habiendo limpiado su cuerpo y su alma enteramente, recibió la gran unción al sacerdocio por orden de Dios, y se hacía resplandeciente como un ángel durante la celebración de los Sagrados Misterios, y todos los que lo observaban se conmovían. Era verdaderamente grande y era reconocido como un portador del Espíritu por aquellos que vivían vidas piadosas, revelando esto a aquellos que observaron estas señales: tenía autoridad sobre los demonios y podía librar a los poseídos de sus ardides y engaños. Podía hacer que árboles infecundos diesen fruto. Podía ver los eventos del futuro, y fue bendecido con otros dones y frutos del Espíritu Santo. [....]

¿Y qué más puede decirse? En primer lugar, las licenciosas asechanzas del enemigo maligno. Y entonces las mentiras y calumnias de los nuevos teómacos fueron dirigidas contra él. Durante veintitrés años sufrió mucha indignación y aflicción. Pues la bestia italiana, Barlaam de Calabria, filosofaba de una manera mundana, y a través de la vanidad de su filosofía (pues creía saberlo todo) lanzó un ataque en contra de la Iglesia de Cristo, contra nuestra fe y aquellos que la profesaban abiertamente. Pues una es la gracia del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y la luz del siglo venidero, así como los justos también brillan como el sol, según demostró antes Cristo mismo en el resplandor del Monte [Tabor]. Y [Barlaam] simplemente enseñó erróneamente que todo poder y acción de la Divinidad trihipostática [....] son creadas, y a todos aquellos que piadosamente creían que la Luz divina es increada, así como todo poder y acción de Dios [....], los llamó biteístas y politeístas, como los judíos, Sabelio y Arrio nos han llamado. Por causa de estos, el divino Gregorio, como defensor de la piedad y gloriosísimo intercesor, luchó ante todos y fue injuriado. Fue enviado por la Iglesia a Constantinopla, y cuando el divino Emperador Andrónico, cuarto desde el Paleólogo, buscó defenderle, un sagrado Concilio fue convenido. Y cuando Barlaam apareció con su impía enseñanza y sus acusaciones contra la piedad antes mencionadas, el gran Gregorio, lleno del Espíritu de Dios y revestido de poder invencible de lo alto, impidió que su boca hablase contra Dios y lo deshonró hasta el extremo. Con palabras y documentos de fuego espiritual, consumió las herejías de Barlaam como maleza hasta hacerlas cenizas. Incapaz de soportar la humillación a causa de estas cosas, el enemigo de la piedad huyó de nuevo a Italia, de donde había venido. Inmediatamente después de esto, el Concilio expuso cuán peligroso este era, y con argumentos en su contra destruyó sus escritos.

Pero aquellos que habían compartido estas ideas no cesaron de luchar contra la Iglesia de Dios. Por esto, a instancias del sagrado Concilio, del Emperador mismo, y lo que es más importante, por orden de Dios, Gregorio fue persuadido a ocupar el trono episcopal, siendo designado pastor de la Santa Iglesia en Tesalónica. Como obispo, Gregorio hizo grandes obras por la Fe Ortodoxa con valentía y firmeza. Pero aparecieron muchos malvados herederos de Barlaam y Acindino, feroces bestias nacidas de la ferocidad, así como sus enseñanzas y escritos - no una, ni dos, ni tres veces, sino muchas veces y en gran cantidad; y no durante el reino de un solo emperador o patriarca, sino durante el reinado de tres emperadores sucesivos, de un igual número de patriarcas, y de la celebración de muchos concilios. Mediante palabras y escritos inspirados, Gregorio los combatió de muchas maneras y eventualmente los venció por completo. Y algunos aún persisten, no teniendo respeto por las altas cortes de la Iglesia, y atacando desvergonzadamente a los santos que los vencieron. Pero, en resumen, estas fueron las victorias de Gregorio sobre los impíos.

Entonces Dios, de manera inefable, envío a su maestro al Oriente. Iba como el anciano de Tesalónica para hacer paz entre dos emperadores reñidos, pero fue capturado por los agarenos, teniendo que ir con gran sufrimiento de lugar en lugar y de ciudad en ciudad por todo un año, predicando sin temor el evangelio de Cristo. Gregorio confirmaba a los cristianos en su fe, encareciéndoles a que permanecieran firmes; convenciendo con sabiduría divina a los que vacilaban en la fe, a los que no tenían entendimiento, y a los que hacían preguntas acerca de los eventos recientes; y dando sanidad libremente a los que lo pedían. Hablaba muchas veces y sin vacilación con los que no creían, con los miserables apóstatas, con los que habían seguido a estos, y con los que calumniaban nuestras enseñanzas sobre encarnación de nuestro Dios y Señor y la veneración de la Santa Cruz y los santos íconos. Algunos se maravillaban y otros se enfurecían, extendiendo su mano contra él; y le habrían hecho mártir de no ser por el plan de Dios y la promesa del dinero que se pagaría por su rescate. Así fue salvada su vida.

Entonces el gran santo fue librado por los que amaban a Cristo, y este mártir incruento regresó con gozo a su rebaño. Además de los muchos y grandes dones y sublimes cualidades que le adornaban, ahora tenía en sí las heridas de Cristo, trayendo en su cuerpo las marcas del Señor Jesús, como el Apóstol Pablo (cfr. Gálatas 6:17; 2 Corintios 4:10). Describámosle, enumerando sus cualidades. Además de excelente era manso y humilde. (No hablamos aquí de Dios y de las cosas divinas, pues era un ardiente defensor de estos.) No recordaba los males y era amable, siempre deseando devolver bien por mal. Nunca discutía, y era siempre paciente y longánime en la adversidad. Estaba más allá de la vanidad y la sensualidad. Era siempre moderado y nunca extravagante en cuanto a las necesidades personales, y por esto nunca se enfermaba. Soportaba hasta el límite lo que le hicieran, siempre silenciosa y amablemente, de modo que todos consideraban que era razonable, atento y de mucha gracia. Por esto, sus ojos nunca estaban secos, sino que estaba familiarizado con el torrente de lágrimas.

Y así, como un mártir, lucho de principio a fin contra los demonios y las pasiones, expulsando a los herejes de la Iglesia de Cristo, definiendo la Fe Ortodoxa mediante sus palabras y escritos, y sellando con estos todo escrito divinamente inspirado, pues su vida y sus palabras se convirtieron en sello de las vidas y palabras de los santos. Cuidó su rebaño por trece años más en la santa manera de los Apóstoles, y habiéndolo embellecido con su enseñanza moral, lo guió al redil celestial. Y tras servir a todos los ortodoxos, tanto a los que vivieron en su tiempo como a todos lo que aún no habían nacido, fue llevado a mejor vida después de haber vivido sesenta y tres años. Encomendó su espíritu en manos de Dios, dejando su cuerpo a su rebaño como porción especial y tesoro precioso, iluminado y glorificado al fin.

Pues cada día Cristo beneficia con milagros a los que se acercan con fe,
y concede sanidad de muchas enfermedades,
y muchos cuentan de sus sanidades.
Por sus oraciones, oh Dios,
ten piedad de nosotros. Amén.


Sinaxario del Tercer Domingo de Cuaresma: Veneración de la Santa Cruz

(Traducido del Triodio eslavo)

Venere toda la tierra a la Cruz
mediante la cual ha aprendido a adorarte, oh Verbo.

En este tercer domingo del Gran Ayuno, celebramos la veneración de la preciosa y vivificante Cruz. Ya que durante los cuarenta días del ayuno en cierto modo estamos también crucificados, mortificados en cuanto a las pasiones, contritos, humillados y en dejadez, la preciosa y vivificante Cruz se nos ofrece como refrigerio y confirmación, recordándonos la pasión de Nuestro Señor Jesucristo y consolándonos. Si Dios fue crucificado por nosotros, cuán grande debe ser nuestro esfuerzo por él, ya que nuestras aflicciones han sido aliviadas por las tribulaciones del Señor y por el recuerdo y la esperanza de la Cruz de gloria. Pues así como nuestro Salvador fue glorificado mediante la deshonra y el dolor al ascender a la Cruz, nosotros también debemos soportar nuestros dolores, para ser glorificados con él. Además, así como los que viajan por un largo y arduo camino, abrumados por el esfuerzo de su viaje, descansan por un momento al encontrar un árbol que da sombra y continúan su camino refrescados, también en este tiempo del Ayuno, este camino doloroso y difícil, los Santos Padres han plantado la vivificante Cruz para nuestro alivio y refrigerio, a fin de alentarnos y de hacer más fáciles los esfuerzos que están por venir. O como cuando hay una procesión real el cetro y las banderas del rey le preceden y sólo entonces aparece él mismo, radiante y gozoso en su victoria y haciendo que se regocijen sus súbditos, así también Nuestro Señor Jesucristo, deseando mostrar su segura victoria sobre la muerte y su gloria en el día de la Resurrección, envía su cetro precediéndole - la señal de su reinado, la vivificante Cruz - a fin de alegrarnos y darnos refrigerio, pues nos fortalece grandemente y nos permite estar preparados para recibir al Rey con todo la fuerza posible y alabarle por su radiante victoria.

Esta semana esta a mitad del Santo Ayuno Cuaresmal. El Ayuno es como una fuente amarga a causa de nuestra contrición y de la tristeza y el dolor por el pecado que trae. Y así como Moisés arrojó el árbol en las aguas amargas de Mará y las endulzó (cfr. Éxodo 15:22-26), también Dios, que nos ha alejado del Faraón a través del Mar Rojo espiritual, endulza la amargura del ayuno cuaresmal mediante la madera de la preciosa y vivificante Cruz y nos consuela como a aquellos que estaban en el desierto, hasta el momento en que por su Resurrección nos lleve a la Jerusalén celestial. Y ya que la Cruz es llamada, y es en verdad, el árbol de la vida, es el árbol mismo que estaba plantado el jardín del Edén. Por lo tanto, es justo que los Santos Padres hayan plantado el Árbol de la Cruz en medio del ayuno cuaresmal para conmemorar que Adán comió del dulce fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal, y que este nos fue quitado para darnos el Árbol de la Cruz, comiendo del cual de ningún modo moriremos, sino que tendremos vida en abundancia.

Por el poder de tu Cruz, oh Cristo nuestro Dios,
guárdanos también de la tentaciones del Maligno;
y haznos dignos de venerar
tu divina Pasión y vivificante Resurrección,
habiendo pasado radiantemente el largo tiempo del ayuno,
y ten piedad de nosotros, pues eres bueno
y amas la humanidad. Amén.


Sinaxario del Cuarto Domingo de Cuaresma: San Juan Clímaco

(Traducido del Triodio eslavo)

Juan, quien vivió en la carne mas estaba muerto al mundo,
ahora sin aliento ni vida vive para siempre.
Ha dejado su obra, la Escala del Ascenso Divino,
mostrándonos los medios de su propio ascenso.
Juan murió el trigésimo día de marzo.

A los dieciséis años, este hábil varón se ofreció a sí mismo como santísimo sacrificio a Dios yendo a unirse al monasterio del Monte Sinaí. Al cumplir los diez y nueve años tomo un voto de silencio. Vivió por cuarenta años en la ermita del valle de Tole, cerca del monasterio, y siempre ardía con amor y el fuego del deseo por Dios. Comía cualquier cosa que no estuviese prohibida por la regla monástica, pero con gran moderación, rompiendo así el cuerno del orgullo. ¡Y qué mente podría expresar la fuente de sus lágrimas! Dormía sólo cuanto era necesario para no hacer daño a su cuerpo, aunque su mente permanecía vigilante aún en el sueño. Oraba sin cesar, y su amor por Dios no tenía límite. Vivió una vida de arrepentimiento agradable a Dios, y habiendo escrito su «Escala del Ascenso Divino», que exponía sus palabras de instrucción, durmió en el Señor estando lleno de bondad. También dejó muchos otros escritos.

Por sus oraciones, oh Dios,
ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.


Sinaxario del Quinto Domingo de Cuaresma: Santa María de Egipto

(Traducido del Triodio griego)

El espíritu partió, y el cuerpo fue dejado desatendido hace tiempo;
esconde, oh Tierra, los huesos mortales de María.

En este día, el Quinto Domingo de Cuaresma, se nos ha ordenado conmemorar a nuestra justa madre María de Egipto. Esta, teniendo aún doce años de edad, se marchó a Alejandría sin saberlo sus padres, y vivió allí una vida desenfrenada por diecisiete años. Después de esto, movida por la curiosidad, se marchó con muchos creyentes a Jerusalén para estar presente en la Exaltación de la Preciosa Cruz. En aquel lugar se entregó a toda forma de libertinaje e indecencia, y arrastro a muchos otros a las profundidades de la destrucción. El día en que la Cruz fue exaltada, queriendo ella entrar a la Iglesia, sintió un poder invisible que le impedía pasar por la puerta, aún cuando intentó hacerlo tres o cuatro veces y aunque la multitud que estaba con ella pasaba por la puerta sin impedimento. Puesto que su corazón se hirió por esto, decidió cambiar su vida y agradar a Dios mediante el arrepentimiento. Y así cuando volvió a la Iglesia pudo entrar en ella fácilmente. Después de venerar la Preciosa Cruz, se retiró ese mismo día de Jerusalén, cruzó el Jordán, se adentró en las profundidades del desierto, y vivió allí por cuarenta y siete años una vida muy dura, una vida sobrehumana, orando sola a Dios solamente.

Acerca del fin de su vida: tras encontrarse con un cierto monje llamado Zósimas, y habiéndole relatado toda su vida desde el principio, María le suplicó que le trajera los Inmaculados Misterios para comunión. Él hizo esto el Jueves Santo del año siguiente. Viniendo de nuevo Zósimas el próximo año, la encontró muerta, tendida sobre la tierra. Junto a su cuerpo estaba escrito: «Abba Zósimas, entierre aquí el cuerpo de la miserable María. Morí el mismo día en que participé de los Inmaculados Misterios. Ore por mí». Su muerte ocurrió en el 378.

La memoria de esta justa mujer se celebra el primer día de abril; pero lo mismo está ordenado para hoy, puesto que el final del santo ayuno cuaresmal se acerca a su fin, para exhortar a los perezosos y pecadores al arrepentimiento, puesto que tienen un ejemplo en ella, la santa que celebramos.

Por sus intercesiones, oh Dios, ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.


Sinaxario del Domingo del de Ramos

(Traducido del Triodio griego)

Aquel que extendió los cielos sin una sola palabra,
sentado ahora sobre un asno busca liberar
a toda la humanidad de la insensatez muda.

Después de la resurrección de Lázaro de entre los muertos, muchos vieron lo que sucedió y comenzaron a creer en Jesús. En la sinagoga de los judíos se tomó la decisión de matar tanto a Cristo como a Lázaro. Por esto Jesús se marchó, dando lugar al mal mientras los judíos planeaban matarlo durante la fiesta de la Pascua. Tras un considerable tiempo de ausencia, según dice la Escritura, Jesús vino a Betania seis días antes de la Pascua, a donde estaba Lázaro, el hombre que había estado muerto. Y allí tuvo lugar una comida en la que Lázaro también comía con él. Entonces su hermana María derramó perfume aromático sobre sus pies. Al día siguiente [Jesús] envió a sus discípulos a que le trajeran un asna y su pollino, y aquel que tiene el cielo como su trono entró a Jerusalén montado sobre un pollino. Los hijos de los hebreos pusieron sus vestimentas sobre el pollino, y cortando ramos de palma y llevándolos en sus manos, iban ante él clamando: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel!». Esto sucedió porque el Santísimo Espíritu movió sus lenguas para alabar y exaltar a Cristo. Mostraban [su alabanza] mediante los ramos de palma, esto es, los ramos que mostraban de antemano la victoria de Cristo sobre la muerte, pues era la costumbre honrar y escoltar a los vencedores de contiendas y guerras en procesiones de victoria con ramos de árboles siempre verdes. Por otra parte, el pollino nos representaba a nosotros, el pueblo de entre las naciones [gentiles], sobre los cuales Cristo se sentó y descansó como triunfante vencedor, siendo proclamado Rey de la toda la tierra. De esta fiesta dijo el profeta Zacarías: «Alégrate grandemente, Hija de Sión. He aquí que tu Rey viene a ti, manso y sentado sobre un asna, y sobre un pollino» (cfr. Zacarías 9:9). Y de nuevo dice David de los niños: «De la boca de infantes y de niños de pecho has perfeccionado alabanza» (cfr. Salmo 8:2). Y al entrar Jesús, dice la Escritura, toda Jerusalén fue conmovida y las multitudes, provocadas a la venganza por los sumos sacerdotes, buscaban como deshacerse de él. Pero el los evitaba ocultándose y mostrándose, y les hablaba en parábolas.

Por tu inefable compasión, Cristo nuestro Dios,
haznos victoriosos sobre pasiones irracionales,
y haznos dignos de ver tu brillante victoria sobre la muerte
y tu radiante y vivificante Resurrección, ten piedad de nosotros. Amén.


Sinaxario del Domingo de Pascua

(Traducido del Pentecostario griego)

Bajando, Cristo se enfrento al Hades en una sola batalla,
Y subiendo, vino cubierto de los expolios de la victoria.

Llamamos a esta fiesta la «Pascua», que en hebreo quiere decir «paso», porque este es el día en el que Dios, al principio, creo todas las cosas de la nada. En este mismo día hizo pasar al pueblo de Israel por el mar Rojo, arrebatándolos de las manos del Faraón. También fue en este día que bajo de los cielos y habitó en el vientre de la Virgen. Y ahora ha arrebatado toda la humanidad de las bóvedas del Hades y la hizo pasar al cielo, trayéndola a su antigua dignidad de incorrupción. Cuando descendió al Hades levantó a todos, pero sólo aquellos que creyeron en él fueron elegidos. Libró las almas de los santos desde el principio del mundo, que eran cautivas del Hades por la fuerza, y las hizo ascender al cielo. Y por eso nosotros, regocijándonos en extremo, celebramos la Resurrección espléndidamente, reflejando el gozo con el que nuestra naturaleza ha sido galardonada por la compasiva misericordia de Dios.

La Resurrección del Señor ocurrió así: mientras los soldados vigilaban el sepulcro, hubo un temblor de tierra cerca de la medianoche, pues un ángel bajo a remover la piedra a la entrada del sepulcro. Viendo esto, los guardias huyeron y a esto siguió la llegada de la mujeres, tarde en el sábado - es decir, a medianoche del sábado. La Resurrección fue revelada primero a la Madre de Dios, que como dice san Mateo, estaba sentada frente a la tumba junto a la Magdalena. Pero para que no hubiese duda alguna de la Resurrección a causa de ser ella su madre, los evangelistas dicen: «Apareció primero a María Magdalena». Esta también vio al ángel sentado sobre la piedra, y a los que estaban dentro de la tumba proclamando la Resurrección del Señor. «Pues», dijeron, «él no está aquí; ha resucitado. Ved el lugar donde lo colocaron». Al oír esto, corrió hacia los líderes de los apóstoles, Pedro y Juan, y les trajo las buenas nuevas de la Resurrección. Mientras regresaba con María, Cristo se presentó ante ellas y les dijo: «¡Alegraos!» - pues era necesario que el género que escuchó primero «con dolor parirás hijos» fuese el primero en escuchar del gozo. Ellas, inundadas de gozo, se acercaron para tocar sus purísimos pies, o mejor dicho, quisieron hacerlo. Los apóstoles vinieron al sepulcro, y Pedro se fue sólo habiéndose asomado, pero Juan entró e inspeccionó todo más de cerca, y tocó tanto el sudario como el velo.

De nuevo la Magdalena vino al atardecer junto a otras mujeres para investigar con mas precisión lo que habían visto. Estaba lamentándose de pie afuera del sepulcro, pero asomándose dentro del mismo vio a dos ángeles, espléndidamente radiantes, que le dijeron como llamándole la atención: «¿Por qué lloras, mujer? ¿A quién buscas? ¿Buscas a Jesús Nazareno, el crucificado? No está aquí, ha resucitado». Y al punto se pusieron de pie, llenos de temor, pues vieron al Señor. Y volviéndose ella vio al Señor; mas imaginando que era un jardinero (pues el sepulcro estaba en un jardín), le dijo: «Señor, si te lo has llevado, dime dónde lo pusiste y lo removeré». Y al hacer ella de nuevo una señal a los ángeles, el Salvador dijo a la Magdalena: «María». Y reconociendo ella la dulce y familiar voz del Cristo, quiso tocarlo. Mas el dijo: «No me toques, pues aún no he ascendido a mi Padre, como piensas, considerando que soy aún mortal. Pero ve donde mis hermanos y diles todo lo que has visto y oído». Y la Magdalena hizo esto. Pero al llegar de nuevo la luz del día, vino a la tumba con el resto de las mujeres. Las que estaban con Juana y Salomé vinieron cuando hubo salido el sol, y en pocas palabras, la llegada de las mujeres ocurrió en diferentes momentos. Entre estas también estaba la Madre de Dios, pues ella es la que los Evangelios llaman «María la de José». Este era el hijo de José [el Desposado]. No se conoce a qué hora resucitó el Señor: algunos dicen que al primer cantar de los gallos; otros que cuando ocurrió el terremoto, y aún otros dan diferentes horas.

Cuando todos estos eventos hubieron ocurrido, algunos e la guardia vinieron a los sumos sacerdotes y les relataron lo que pasó. Estos, sobornándolos con dinero, los persuadieron a declarar que los discípulos habían venido de noche y se robaron [el cuerpo]. Esa misma noche, reunidos los discípulos en un mismo lugar por temor de los judíos y estando las puertas herméticamente cerradas, Cristo vino a ellos (pues tenía un cuerpo incorruptible) y les dio el buen saludo usual: «Paz». Cuando lo vieron se inundaron de gozo, y soplando el sobre ellos, recibieron una mayor fuerza del Santísimo Espíritu.

Entended como la Resurrección ocurrió al tercer día: la noche del jueves y el viernes hacen un día (pues así cuentan un día completo los hebreos). La noche del viernes y el sábado hacen el segundo día completo. La noche del sábado y domingo hacen el tercer día completo (pues se toma la parte por el todo). O puede calcularse así: Cristo fue crucificado a la hora tercia el viernes, y hubo tinieblas desde la hora sexta hasta la novena, y esto puede contarse como una noche. Entonces después de las tinieblas, el día y la noche del viernes. Esto hace dos días completos. El sábado y la noche que le sigue hacen tres días completos. Aunque nuestro Salvador prometió obrar su misericordia para con nosotros en el tercer día, llevó a cabo este acto de misericordia aún más rápidamente.


Sinaxario de la Ascensión del Señor

(Traducido del Pentecostario griego)

Después de su Resurrección, Jesús permaneció en la tierra cuarenta días, apareciendo en intervalos a sus discípulos en varios lugares. Él comió, bebió, y conversó con ellos, verificando y asegurando así su Resurrección. En este día, que es el cuadragésimo después de la Pascua y que cayó entonces el tercero de mayo, Jesús apareció a sus discípulos en Jerusalén. Primero conversó con ellos sobre varios asuntos, y entonces les dio su último mandamiento: que fueran y predicaran en su Nombre a todas las naciones, comenzando con Jerusalén. Al mismo tiempo les mandó a no salir de Jerusalén, sino a permanecer allí un tiempo hasta que fueran revestidos de poder de lo alto por el descenso del Espíritu Santo sobre ellos.

Habiendo dicho esto, les condujo al Monte de los Olivos. Entonces levantó sus manos y les bendijo. Y mientras les hablaba con palabras de bendición paternal, él fue separado de ellos siendo llevado a los cielos, donde fue recibido por una nube brillante, indicando su divina majestad. Él se sentó en ella como en una carroza real y comenzó a ascender al cielo, desapareciendo gradualmente de la vista de sus discípulos. Y mientras estos miraban, dos ángeles vestidos con brillantes túnicas blancas aparecieron ante ellos en forma de hombres y les dijeron: «Galileos, ¿por qué están mirando al cielo? Este Jesús, que ante su vista fue subido al cielo, vendrá así como le han visto ir al cielo». En estas palabras, por lo tanto, está cumplida y definida la doctrina acerca del Hijo de Dios y de su palabra en la Confesión de fe. Y así después de que Nuestro Señor Jesucristo cumplió su gran plan salvador por nuestra causa, ascendió en gloria en cielo y se sentó a la derecha de Dios Padre. En cuanto sus purísimos discípulos, volvieron a Jerusalén desde el Monte de los Olivos, gozándose en la promesa de la venida del Espíritu Santo (cfr. San Lucas 24:46-52; Hechos 1:1-12).


Sinaxario del Domingo de los Santos Padres

(Traducido del Pentecostario griego)

En este día, el Séptimo Domingo de Pascua, festejamos el Primer Concilio Ecuménico en Nicea, [el] de los trescientos diez y ocho padres.

Versos:

Oh brillantes estrellas del firmamento espiritual,
iluminad mi mente con vuestros luminosos rayos.

Contra Arrio:

«El Hijo no comparte la esencia del Padre»,
dijo Arrio: que él no comparta la gloria de Dios.

Celebramos la presente fiesta por la siguiente razón: ya que Nuestro Señor Jesucristo, que se había revestido de nuestra carne, cumplió inefablemente todo el plan salvador y fue restaurado al trono de su Padre, los santos, queriendo mostrar que el Hijo de Dios verdaderamente se había hecho hombre, y que como el perfecto Dios-hombre había sido levantado [al cielo] y se había sentado a la derecha de la Majestad en lo alto, debido a que este Concilio había proclamado y confesado que él es de una misma esencia y de un mismo honor con el Padre, establecieron por esto la presente fiesta después de la gloriosa Ascensión, como presentando la asamblea de tantos padres que proclamaron esto: que aquel que fue levantado [al cielo] en la carne era Dios, y en la carne, hombre perfecto.

El Concilió fue celebrado bajo Constantino el Grande, en el vigésimo año de su reino. Cuando cesó la persecución, este gobernó al principio desde Roma, pero luego fundó esta muy bendita ciudad llamada por su nombre [es decir, Constantinopla] en el año 5.838 desde la fundación del mundo [esto es, 324 d. C.]. Entonces comenzó también la faena de Arrio. Este era originalmente de Libia, y tras llegar a Alejandría, fue ordenado diácono por Pedro Mártir, obispo de Alejandría. Entonces [Arrio] comenzó a decir blasfemias contra el Hijo de Dios, declarando que el llego a ser del no ser [es decir, que fue creado], que estaba lejos de la dignidad divina, y que era sólo por analogía que era llamado Sabiduría y Verbo de Dios--como si estuviera contraponiéndose al impío Sabelio, que decía que en la divinidad había una sóla persona y esencia, que se manifestó en un momento como el Padre, en otro como el Hijo, y en otro como el Espíritu Santo. Cuando Arrio pronunció estas blasfemias, el gran Pedro le rehusó el presbiterado, tras ver a Cristo sobre el altar como un infante, envuelto en un manto rasgado, y diciéndole que Arrio lo había rasgado. Pero Aquiles, que se convirtió en obispo de Alejandría después de Pedro, absolvió a Arrio de nuevo bajo juramento. Además lo ordenó presbítero, y lo puso a cargo de la Escuela de Alejandría. Tras la muerte de Aquiles, Alejandro se convirtió en obispo. Este, al hallar que Arrio decía las mismas y aún peores blasfemias, lo expulsó de la Iglesia, condenándolo en un concilio. Como dice Teodoreto, Arrio fue el primero en vomitar que Cristo era de naturaleza mutable, y que el Señor había asumido carne son mente o alma [humanas]. Arrio descarrió a muchos con su impiedad, escribe [Teodoreto], convenciendo a Eusebio de Nicomedia, Paulino de Tiro, Eusebio de Cesarea y a otros, y atacó a Alejandro. Pero Alejandro causó que muchos se levantaran a defenderle dando noticia de las blasfemias [de Arrio] a través de todo el mundo habitado.

Ya que la Iglesia estaba muy atribulada y no aparecía cura para el amor por las contiendas doctrinales, Constantino el Grande congregó a los padres de todo el mundo habitado en la ciudad de Nicea mediante transporte público. Él también estuvo presente allí. Y cuando los padres hubieron tomado sus asientos, Constantino también tomo el suyo como invitado--no en un trono real, sino un asiento muy por debajo de su rango. Cuando todos hubieron hablado contra Arrio, este y todos los que estaban de acuerdo con él fueron anatematizados, a la vez que el Verbo de Dios fue proclamado de una misma esencia y un mismo honor con el Padre. También proclamaron el santo Símbolo de fe [es decir, el Credo], redactándolo hasta las palabras «Y en el Espíritu Santo»; el resto fue completado por el Segundo Concilio [Constantinopla, 381 d. C.]. Además, el Primer Concilio también fijó la fecha de la Pascua, cuándo y cómo celebrarla, [especificando que] no [debe celebrarse] con los judíos, como había sido la costumbre [en algunos lugares]. [Los padres] establecieron veinte cánones acerca del orden en la Iglesia. Finalmente Constantino, igual de los apóstoles, confirmó el santo Símbolo de fe con letras de color escarlata.

De estos santos padres, doscientos treinta y dos eran obispos, y ochenta y seis presbíteros, diáconos y monjes; los presentes sumaban trescientos diez y ocho. Los más destacados eran Silvestre, obispo de Roma, y Metrófanes de Constantinopla, que estaba enfermo (estos fueron representados por delegados); Alejandro de Alejandría con Atanasio el Grande, que era arcediano en aquel entonces; Eustacio de Antioquía y Macario de Jerusalén; Osio, obispo de Córdoba; Paunucio el Confesor; Nicolás de Mira y Espiridión de Tremitunte, que habiendo convencido a un filósofo presente aduciendo como prueba al triple sol [luz, calor, energía], lo bautizó. Durante el Concilio, dos obispos de entre los padres fueron a morar con Dios, y Constantino el Grande colocó el decreto del Concilio en sus ataúdes, sellándolos seguramente. Luego halló que el decreto había sido confirmado también por ellos, y [que estaba] firmado con inefables palabras divinas.

Al acabar el Concilio, ya que la nueva ciudad había sido completada, Constantino el Grande invitó allá a todos esos santos hombres. Al congregarse y orar, decretaron que esta era la Reina de las ciudades, y la dedicaron a la Madre del Verbo por orden del Emperador. Y cada uno de los santos se marchó a su hogar.

Pero antes de que Constantino fuera a morar con Dios, dividió su reino con su hijo Constancio. Arrio vino ante el Emperador diciendo que había abandonado todo y que estaba unido con la Iglesia de Dios. Escribiendo sus herejías, se las colgó del cuello, y como si fuera obediente al Concilio las golpeaba con su mano diciendo que obedecía. Al Emperador le era indiferente, y ordenó al Patriarca de Constantinopla que recibiera a Arrio en comunión. El Patriarca en aquel entonces era Alejandro, sucesor de Metrófanes, que dudaba conociendo la duplicidad del hombre, y pidió a Dios que le revelara si le parecía que tuviera comunión con Arrio. Al llegar el momento de concelebrar con Arrio, su plegaria se hizo más ferviente. Pero mientras Arrio iba de camino a la Iglesia, le sobrevinieron fuertes dolores estomacales cerca de la columna en el foro, y entró a un baño público. Allí se reventó y se desparramaron todas sus vísceras por debajo, sufriendo así la evisceración de Judas por una igual traición al Verbo. Habiendo desgarrado al Hijo de Dios de la esencia del Padre, fue desgarrado él mismo y hallado muerto, y así la Iglesia de Dios fue librada de este daño.

Por las oraciones de los trescientos diez y ocho padres, portadores de Dios,
oh Cristo Dios, ten piedad de nosotros. Amén.



Sinaxario del Domingo de Pentecostés

(Traducido del Pentecostario griego)

Con un viento recio, en forma de lenguas de fuego,
Cristo da ahora el Espíritu de Dios a los Apóstoles.
El Espíritu es derramado en este gran día sobre pescadores.

También tomamos esta fiesta de la Biblia Hebrea; pues así como ellos celebraban Pentecostés honrando el número siete y que cuando habían pasado cincuenta días desde la Pascua recibieron la Ley, nosotros también, tras celebrar por cincuenta días después de la Pascua, recibimos el Espíritu Santo, quien da leyes, guía a toda verdad, y establece qué agrada a Dios.

Nótese que habían tres fiestas entre los hebreos: Pascua, Pentecostés y los Tabernáculos. Guardaban la Pascua para conmemorar el paso por el Mar Rojo – pues la palabra Pascua significa «paso». Esta misma fiesta mostraba nuestro paso y ascenso de las tinieblas del pecado al Paraíso.

Celebraban Pentecostés en conmemoración de su sufrimiento en el desierto, y de cómo fueron traídos mediante muchas aflicciones a la tierra de la promesa, pues entonces disfrutaron del fruto, el trigo y el vino. También mostraba nuestra miseria mediante la incredulidad y nuestra entrada en la Iglesia; pues entonces también recibimos comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor. Algunos dicen que esta es la razón por la cual los hebreos celebraban Pentecostés. Otros, empero, dicen que es para honrar los cincuenta días que Moisés ayunó antes de recibir la Ley escrita por Dios. Al mismo tiempo conmemoran el sacrificio al becerro [de oro] y las cosas que Moisés hizo, subiendo y bajando del monte. Aún otros piensan que Pentecostés era celebrado por los hebreos en honor del número siete, como se ha dicho; pues este número multiplicado por sí mismo da cincuenta días menos uno. La honra del [número] cincuenta pentecostal no es sólo en días sino también en años, por lo cual nació el Jubileo entre ellos; pues esto ocurre cuando los años se multiplican siete veces. Entonces dejaban la tierra sin sembrar, daban descanso a los animales y permitían que los esclavos comprados se fuesen.

La tercera fiesta es la de los Tabernáculos, que se celebra después de la cosecha – es decir, cinco meses después de la Pascua. Fue establecida para conmemorar el día en que Moisés levantó por primera vez el Tabernáculo que había sido revelado en una nube en el Monte Sinaí, y que había sido construido por el maestro artesano Beseleel. Construían tabernáculos y celebraban esta fiesta, viviendo en el campo y dando gracias a Dios, y comían del fruto de sus propias manos. Parece que este fue el día por el cual David tituló su Salmo «Para los odres de vino» [Salmo 8, LXX]. Esta [fiesta] era un tipo de nuestra resurrección de entre los muertos, cuando nuestros tabernáculos terrenales son disueltos y reconstruidos, y gozaremos del fruto de nuestras labores, y guardaremos la fiesta en los tabernáculos eternos.

Nótese que en este día, cuando hubo llegado el día de Pentecostés, el Espíritu Santo vino a morar en los discípulos. Pero ya que pareció bien a los Padres dividir las fiestas por la grandeza del Santísimo y Vivificante Espíritu, pues el Espíritu es uno de la Santa Trinidad, Fuente de Vida, también nosotros diremos mañana cómo el Espíritu vino a morar.

Por las oraciones de los santos Apóstoles, oh Cristo nuestro Dios,
ten piedad de nosotros. Amén.


Sinaxario del Domingo de todos los Santos

(Traducido del Pentecostario griego)

Canto la alabanza de cada amigo de mi Señor;
Si alguno quisiere, que los enumere a todos.

Nuestros muy divinos Padres ordenaron que celebrásemos esta fiesta después del descenso del Santísimo Espíritu, para mostrar de algún modo que la venida del Santísimo Espíritu obró así en los Apóstoles: santificando y haciendo sabios a seres humanos tomados de nuestro polvo mortal para completar el número del orden angélico caído, restaurándolos y enviándolos mediante Cristo a Dios –unos por el testimonio del martirio y la sangre, otros su conducta virtuosa y su modo de vida– y logrando cosas sobrenaturales. Pues el Espíritu desciende en forma de fuego, cuya tendencia natural es hacia arriba, mientras que el polvo, cuya tendencia natural es hacia abajo, asciende a lo alto; ese polvo que forma nuestro barro mortal, la carne añadida al Verbo de Dios y hecha divina por Él, que poco tiempo atrás había sido exaltada sentándose a la diestra de la gloria del Padre. Pero ahora también Él atrae a todos aquellos que desean, según la promesa, tal como Dios el Verbo ha revelado la obra de reconciliación y cual era el objetivo, muy adecuado a su propósito, de su venida a nosotros en la carne y de su plan salvador; es decir, que trae a aquellos que fueron rechazados en cuanto a unión y amistad con Dios (habiendo ofrecido la naturaleza humana a los malagradecidos de entre las naciones como primicias a Dios) – aquellos que le fueron agradables de un modo sobresaliente. Esta es una de las razones por la cual celebramos la fiesta de Todos los Santos.

La segunda razón es que aunque muchas personas han agradado a Dios, son desconocidos a la humanidad de nombre por causa de su virtud sobresaliente, o por una u otra razón humana; sin embargo, tienen gran gloria en la presencia de Dios. O de nuevo, porque hay muchos que han vivido siguiendo a Cristo en India, Egipto, Arabia, Mesopotamia, Frigia, y en las tierras más allá del Mar Negro, incluso tan lejos como en las mismas Islas Británicas; en pocas palabras, tanto en Oriente como en Occidente. Mas no era fácil honrarlos a todos apropiadamente según la costumbre eclesiástica recibida a causa de sus vastos números. Y por lo tanto, para que obtengamos la ayuda de todos ellos, y generalmente por aquellos que habrían de convertirse en santos, los muy divinos Padres ordenaron que celebrásemos la fiesta de Todos los Santos, honrando a los antiguos y a los recientes, a los conocidos y a los desconocidos – todos aquellos en los que el Espíritu ha habitado haciéndolos santos.

Esta es la tercera razón: era necesario que los santos que son celebrados individualmente fuesen congregados en un solo día para demostrar que así como lucharon por el único Cristo y corrieron el curso en el mismo estadio de la virtud también fueron todos justamente coronados como siervos del único Dios, y que sostienen a la Iglesia, habiendo llenado el mundo en lo alto. Ellos nos exhortan a llevar a cabo la misma lucha en sus muchas formas diferentes, hasta el punto que se le haga posible a cada uno de nosotros ir adelante con todo empeño.

Para todos estos santos de todos los siglos, el honorable y sabio Emperador León construyó una iglesia amplia y muy hermosa. Está cerca de la Iglesia de los Doce Apóstoles, dentro de la ciudad de Constantinopla. Se dice que la construyó originalmente para su primera esposa Teofanía, que agradó a Dios de un modo sobresaliente, y que era una verdadera maravilla en medio de los problemas y en los palacios reales. Cuando informó a la Iglesia de sus idea, no tuvo logró ponerlos de acuerdo con sus deseos. El muy sabio Emperador, con la aprobación de toda la Iglesia, dedicó el templo que había sido construido a todos los santos en todo lugar, diciendo: «Ya que Teofanía es una santa, que sea enumerada con el resto».

Nótese que celebramos todo lo que el Espíritu Santo ha hecho santo dando buenos dones. Se quiere decir por esto las nueve órdenes [de santos]: los antepasados y los patriarcas; los profetas y los santos apóstoles; los mártires y jerarcas; los presbíteros mártires y los monjes mártires; los ascetas y los justos, todos los coros de santas mujeres, todos los santos desconocidos, y con ellos todos los que habrán de seguirles. Pero ante todo, la más grande de entre los santos, la Santísima y más poderosa que las órdenes angélicas, nuestra Señora y Soberana, la siempre virgen María.

Por las oraciones de tu purísima Madre, oh Cristo Dios,
y de todos los santos de todos los siglos,
ten piedad de nosotros y sálvanos,
pues sólo tú eres bueno y amas la humanidad. Amén.


Segundo Domingo después de Pentecostés: Todos los santos del Monte Atos

(Tomado del Canon de la Fiesta)

Ikos

¡Cuán buena es nuestra unidad, oh Padres sabios en Dios! ¡Cuán dulce y deliciosa es esta vuestra fiesta común, en la cual todos vosotros, los santos que habéis resplandecido en esta montaña – aquellos cuyos nombres son conocidos, aquellos cuyos nombres son desconocidos, cuya fama es una como hermanos en espíritu – os regocijáis! Como mirra derramada sobre la cabeza de Aarón, que baja por su barba como rocío del Hermón. Pues era necesario, era necesario que aquellos que han sido agradables al Señor sean festejados en un mismo día. Por lo cual también nosotros, solitarios y cenobitas, nos congregamos y como es justo os llamamos bienaventurados: a los jóvenes y a los ancianos; a los hijos y a los padres; a los mancillados y a los santos, y clamamos con una sola voz: ¡guardad este lugar, que escogisteis como vuestra morada, libre de todo mal, oh multitud de santos, gloria de Atos!

El Segundo Domingo [después de Pentecostés] celebramos la memoria de todos los venerables Padres que han resplandecido en la Santa Montaña de Atos.

Versos a la Montaña y a los Padres que se hicieron santos en ella:

El Monte Atos sobrepasa por mucho a todas las altas montañas
de Europa por ser llamado «Santo»;
Atos, que produce flores, siempre ha florecido
con verdaderas flores espirituales, los divinos Padres.
El coro de los monjes de Atos ahora honra
Al divino coro de los Padres de Atos.
¡Una multitud de Atonitas está alrededor del trono de Dios!

Por sus santas intercesiones, oh Cristo Dios,
ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.





All translations on this page are © 2003-2006 by Julio Vázquez. All rights reserved. No part of this text may be reproduced, stored in a retrieval system, or transmitted in any form or by any means, electronic, mechanical, photocopying or otherwise, without the prior written permission of the translator. The only exceptions are those permitted by Sections 107 and 108 of the U. S. Copyright Law.