
Cuando un Ortodoxo habla del ayuno, la oración viene de inmediato a su mente; cuando habla de la oración, de igual modo el ayuno viene automáticamente a su mente. Ésto se debe a que éstos dos medios de comunicación con Dios están íntimamente relacionados. Es por ésto que Cristo, cuando Sus discípulos trataron infructuosamente de libertar a un desdichado joven de los espíritus malignos que le atormentaban, señaló éste medio doble de la oración y el ayuno como el arma más poderosa que el ser humano tiene contra el diablo: «Éste género con nada puede salir, sino con oración y ayuno» (San Marcos 9:29).
Sin embargo, ya que la gente de nuestros tiempos quiere todo analizado, «desmitologizado» y, en la mayoría de los casos, finalmente socavado, aún entre los Ortodoxos bautizados hay quienes no pueden ver qué justificación tendrían la oración y el ayuno para la persona contemporánea «culta» y «liberada».
De modo que se preguntan cuál es el significado de hablar con Dios mediante la oración, presentarle éste o aquel problema o petición que Dios sabe de todos modos por ser omnisciente. Por la misma razón, tales fieles se preguntan cómo le afecta a Dios si ellos comen o no comen éste o aquel alimento en ésta o aquella cantidad, y en éste o aquel día.
Por supuesto, estas objeciones parecen persuasivas y justas a primera vista. Sin embargo, los que juzgan el ayuno y la oración de ésta manera ciertamente no han captado su significado más profundo. Indudablemente, el significado de la oración no es a Dios lo que Él no sabe, sino humillarse ante Él voluntariamente, abrir nuestro corazón a Él, colocar nuestra vida en sus manos, sentir el calor del diálogo con Él, y declararle que nosotros libremente Lo reconocemos como Señor de nuestra vida y nuestra muerte. El ayuno tampoco tiene valor moral o espiritual en sí mismo - ni siquiera como dieta - pues Dios no tiene nuestro bienestar biológico como Su medida. Es precisamente por esa razón que san Pablo, quien vivió tan poco y sufrió tanto, no cesó de confesar claramente que «no perderemos nada si no comemos, ni ganaremos nada si comemos»; «el alimento, sin embargo, no mejorará nuestra relación con Dios».
El ayuno, por lo tanto, adquiere su significado moral y espiritual en el momento en que llega a ser el medio y el potencial de una más fácil comunicación con Dios. Y verdaderamente, mediante el ayuno el ser humano lucha para controlar sus deseos y sus instintos biológicos irracionales, para llegar a ser más libre, para abstenerse de las atracciones de este mundo, y para llegar a ser más transparente y más receptivo en su comunicación espiritual.
De todo ésto se desprende que ni el ayuno ni la oración son, ni deben ser, fines en sí mismos. Son medios de comunicación con Dios y tal comunicación es nuestro objetivo y culminación. Un hermoso proverbio árabe dice, «El alma no quiere ni café ni una cafetería. El alma quiere compañía, y el café es sólo un pretexto».
Podríamos decir que el ayuno y la oración son dos «pretextos» sagrados para capacitar al ser humano para romper su monólogo y el cerco complaciente de su ego, para ser humillados y para comunicarse con Dios, y así recibir la bendición, iluminación y santificación que ésta comunicación garantiza. Seguramente, las palabras de la Escritura siempre tendrán la autoridad eterna: «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (Santiago 4:6).
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